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Sin calcetines (una ficción en el Paralelo)

LLOC: Av Paral·lel (Ciutat Vella)
DATA: Dijous, 11 de març de 2004
AUTOR: Lluís Rueda

Desde que Orestes llevaba camisas de seda, trajecitos de lino, pero sobre todo desde que escuchaba el maldito L.P. de éxitos de Herb Alpert & the Tijuana Brass se había vuelto un tipo de poco fiar, se aplicaba colonia de estractos de Lavanda, calzaba mocasines de piel de camello, y quizás lo peor de todo: Ya no llevaba su navaja automática escondiba en el calcetín. No llevaba calcetines.
Odón Bartra se preguntaba: ¿Que hace un tipo duro sin calcetines?

Odón alijeró el paso, acaso sospechara, eran órdenes directas del jefe."Vigílame a Orestes que me han dicho que anda yateando en plan Castby, no importunes, tú le vigilas a distancia durante unos días, anotas los lugares, averiguas los nombres y listos. Flaco tiene un soplón que puede cantarnos algo gordo, este tipo no sabe con quién se la juega. Ah, por cierto, cuando toque hacer el trabajo yo te daré la señal". El jefe confía en Odón, los gorilones abultan, se dejan ver demasiado, un tipo con gabardina y cara ajada parece que vaya anunciando: "¡Hey, vigila, que no te quito ojo, cabrón!" y es que esos van bien para romper piernas, en cambio Odón podría pasar por un viajante, que se yo, un vendedor de moquetas por catálogo.

Odón lleva mas de diez años arastrando el culo por clubs infames, salones de juego, callejones negros…, conoce a cada canalla y zorra ensortijada del Raval, a cada soplón y cada cipotudo de najas.

Vigilar a Orestes llevaba su calma, si el trabajo iba bién sacaría un buen pellizco para unas buenas vacaciones con Begoña y la niña, Mónica; pensado un viaje a Puerto Rico, o algo más exótico como Méjico. Llevaba un tiempo haciendo trabajos de nivel para pagarse esas vacaciones con la familia. Aquel era un trabajo felino, relajado, o eso creyó en un principio. Siguió al sujeto durante dos semanas, nada en particular, copas, timbas clandestinas, clubs… hasta la noche de un jueves: una noche lluviosa y fría. A ella no la había visto en la vida, era una mujer de unos cuarenta años, largas piernas y ojos de serpiente, les vió salir del Sidecar, y coger un taxi a toda prisa. Odón siguió el vehículo en su viejo Beatle azul a una distancia prudente, las luces apagadas, la paciencia de un depredador y música de Celentano en la vieja radio del Volkswagen, esa fue su piel de camaleón hasta llegar a un piso franco a la altura del teatro Apolo en pleno corazón de la avenida del Paralelo. El taxi les dejó en el mismo portal. Odón revisó el tambor de su Colt 45, apagó la radio y se atiesó las solapas de la gabardina. Cuatro metros de distancia, el tirador -Odón, a cara descubierta- tras la carrocería de un Seat 124, podría acertar de un solo disparo en la cabeza de Orestes. Cruzó la calle y se dirigió hacia una cabina de teléfonos. Fuera de la cabina era difícil ver algo, la lluvia estallaba contra los cristales; un tiempo de perros para andar callejeando, los dos pichones debían correr camino de un par de mantas. No podía ver desde allí dentro, aunque, sí, una luz parecía encenderse en el segundo piso. "Si, soy Odón, lo tengo en un piso del centro, no, ese no es el problema. Va con una fulana. No sé, iran a echar un polvo. ¡Ahora! ¿Quiere decir esta misma noche? Ahá. Pero la mujer… Ya veo, y no habría modo… ya. Seré como un fantasma." Ciertamente, los pasos de un asesino por el asfalto mojado pueden ser los pasos de un fantasma, llegar al portal, forzar la cerradura, subir por las escaleras dejando un rastro de agua en la barandilla de madera, llegar hasta la puerta del apartamento… y , ¿delicadamente tocar al timbre?

Odón forzó la cerradura del apartamento con un juego de ganzúas, tardó aproximadamente cinco minutos, no era su mejor marca pero no estaba nada mal. La luz aciaga del pasillo caía salpicando una pobre reproducción de un cuadro de Ribera, ese mal gusto de los apartamentos baratos. Nuestro Private eye, se escurrió como una cobaya hacia el corazón del apartamento. Analizaba el terreno agazapado tras una barra americana de nogal oscuro. "Dos; la fulana en el dormitorio, seguramente esperándole en la cama. Veamos, Orestes está en el cuarto de baño, lo mejor será cargarse primero al que anda fuera del catre, eso es, vamos a ello". El infeliz acababa de salir de la ducha, en albornoz: pero iba sin calcetines. En breves instantes sus huevos penderían de una hoja automática, como la que el mismo solía llevar en sus calcetines. ¿No es increible tener en las manos la vida de un cretino al que no odias? ¿Tener sus huevos en tus manos? El infeliz se había puesto aquella colonia tan apestosa, la jodida Lavanda, como si la fulana fuese a caer rendida a sus pies, bien repeinado, con el bigote milimétriamente asimétrico… Nada peor que una muerte doméstica… Conjeturaba Odón con la idea de ver a la chica, a la fulana, desnuda, mientras avanzaba hacia su primera víctima. Tener el poder de arrebatar una vida otorga un plus de ecuaciones cerebrales; el brazo ejecutor codicia un disparo de bala infinita que como tal alcanza infinitas posibilidades. El nervio, el control, es lo más importante: Odón tiene a la víctima a un metro, a medio metro. El vapor de agua oculta al sicario, como a un caimán tocado de gimnospermas y lianas en la quietud de un pantano. Nadie le dijo a Orestes el porqué de su muerte, una razón, una palabra cruzada, un insulto… Odón repicó en los huevos de Orestes a punta de navaja, tan solo fué un detalle de ejecución tras el cambio de tercio -una tontada de crápula-; tapó su boca con un trapo manchado de aceite de motor de coche…

Respiraba como un perro acatarrado, un bufido estertórico, el pobre Orestes…aterrado. De pronto la cosa se complicó: Odón vió a través del espejo como la fulana se acercaba sigilosamente por el pasillo, venía del dormitorio; fue rápido, sesgó con la navaja el cuello de Orestes y retiró el cadáver consigo hacia el plato de ducha, tras las cortinillas de plástico. Abrió la llave del agua. Bonita forma de caminar, de guardar el equilibrio sobre los dedos de los pies. Una decisión rápida, acertada. La fulana, abrió la puertecilla del neceser, cogió un frasco, buscaba un analgésico para mitigar la espera de aquel bulto de plato de ducha. Era bien morena la gachí, con esa brutal sensualidad de las panteras ciegas de hambre, se atenazaba sobre la pica como si desease penetrar en la prenda batida que cegaba el espejo. Diez segundos más y Odón le atravesaría la espalda, o nueve, o ocho, o le haría conocer el inevitable final del guión. Por lo pronto salvó el pellejo, se retiró al dormitorio. Todo estaba bajo control. Una idea cruzó por la mente de Odón, puestos a ser un demonio mal afeitado, total la iba a asesinar, podría provar algo nuevo: Odón nunca había mantenido relaciones sexuales con una víctima, y aquella mujer, qué demonios, era de las que quitaban el sueño. Las luces del pasillo, de la sala y del dormitorio estaban apagadas, Odón se veía en el deber de honrar la muerte de Orestes supliéndole entre las piernas de aquella mujer, no podía ser de otro modo: "Solo hay que verlo, Orestes, aquí bajo el agua es un gran culo ajado, un culo huérfano y sorprendido que parece sonreir agrestemente bajo una cascada de sangre; es excitante, me excita la tristeza explícita de este saco de mierda, tendrá familia, seguro, su mujer leerá en los periodicos mañana que han encontrado un culo triste con el nombre de su marido limpio como el cascarón de un cepalópodo en la orilla de un mar de ficción."

En lo concerniente a la fulana, habiendo trastocado la líbido de su angel de la muerte, aguardaba masajeándose los codos con la espalda agradecida sobre el mostrador del somier. "Voy hacia tí gatita, llevo los pantalones desabrochados y la navaja automática como un pirata tenaz, enfundada en el elástico del calzoncillo, en la espiral del bello púbico." Ella no podía distinguir la silueta, le dijo al individuo que había tardado mucho allá en la ducha y que había estado a punto de dormirse. El individuo -Odón con piel de Orestes-, dejó caer el antebrazo sobre los pies mojados de la chica, olisqueó hasta el vientre, zalamero, un pelín bruto, y al encarar los labios de la morena leyó como estos le decían: ORESTES, MUERE CABRÓN. "Es difícil asumir que una chica a la que vas a hacer el amor te coloque un revólver en el cuello y te vuele las cuerdas vocales, una explosión de sangre te oxida la dentadura, atenazándola; te acaban de matar, y en esos segundos que te quedan también se ha esfumado tu capacidad de respuesta, no puedes decirle lo puta y lo mala que és, y lo peor de la situación es que si pudieras, dadas las circunstancias sería como hablar con una extraña, ni ella sabe que tu no eres Orestes, ni tú sabrías como explicarle qué haces en su cama. ¿Pero qué le habría hecho Orestes a aquella mujer? ¿De veras había planeado aquella cita para matarlo? Antes de morir solo puedo ver un cosa: El culo de Orestes sonriendo, la chica vistiéndose a toda prisa, y el inmenso culo de Orestes estallando en una carcajada.

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