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El Lágrima

LLOC: Ese bar de nou de la rambla (Ciutat Vella)
DATA: Dimarts, 29 de novembre de 2005
AUTOR: nepal

Estamos en un bar nuevo, por ejemplo, los dos solos, sentados cara a cara. Yo intentando diluir mi memoria y mis fantasmas a tragos de alcohol y el Lágrima bebiendo como siempre, como si le fuera la vida en ello, odiando también cada neurona nostálgica, cada pedazo de recuerdo incrustado. No le importa el sabor, se mete cualquier cosa, lo mezcla todo.

Tartamudo aún y más que viejo gastado, sucio, deshilachado y seco. Suspira, me mira, se lleva el vaso a los labios, cierra los ojos y traga. Luego me mira de nuevo, me ve un poco más borroso. Pide otra cerveza, otro whisky, otro lo que sea, y poco a poco tiene lugar la transformación. Es entonces cuando le salen los versos y son más puros, más fuertes incluso que la letra impresa, milagros ebrios que se van haciendo a su voz lentamente.

Recita seguro, sin esfuerzo, pausando los ritmos como si el poema fuese suyo y lo acabara de escribir la noche anterior, como si en realidad fuera el genio que lo hubiera parido. Como todo está en su cabeza no le hace falta libro, así que a medida que el recital avanza la gente se fija en nosotros, abandona sus conversaciones y nos mira. Él entonces se crece, sube el volumen, intercala deliberadamente carraspeos o eructos. Llega entonces un momento, casi inevitable, en que dejo de ser yo el que paga las bebidas y alguien empieza a invitarnos, a menudo la misma persona que sirve en la barra. El dueño contento, el show está servido.

Claro que no siempre es así. También ha habido tardes de domingo, con bares llenos hasta la bandera por un partido de liga, en que ni el mejor soneto ni la mejor de las improvisaciones sobre Góngora nos han salvado del abucheo y la patada final en el culo. Un día hasta sacudieron al Lágrima, un puñetazo inesperado y seco en la boca que hizo que se tragara a Rubén Darío, nada más empezar con aquello de ínclitas razas ubérrimas.

La cosa no fue a más porque él ha aprendido a aguantar la furia en silencio, no en vano fue una pelea de bar la que años atrás, según suele contar, le obligó a pasar quince meses y diez días de su vida en prisión, allá en Wellington, Nueva Zelanda, cuando un maorí más borracho que él le quiso destripar el alma con una botella rota. No se mataron el uno al otro pero casi, aún no sabe cómo, y de hecho fueron los días de sombra y rejas los que le enseñaron a leer, releer, masticar y recitar el único libro en castellano que sus compañeros de barco le pudieron conseguir, una antología poética del Siglo de Oro.

Yo he ojeado ese mismo ejemplar en casa de Dante, tantas y tantas veces, que cuando el Lágrima recita alguno de sus poemas, bien sea en un bar, bien mientras me prepara algo de comer o saca el polvo de los estantes de la biblioteca, es como si yo también hubiera estado en la celda asfixiante, jodido por el calor y la mala comida, aferrándome al libro para no volverme loco o reventar.

Cuando salíamos del bar dejábamos atrás otro trozo de modesta leyenda, quedaba la anécdota servida, una vez más, y en cuanto me reunía con los chicos les explicaba lo ocurrido sintiéndome afortunado. En el fondo me envidiaban un poco, lo sé, pero ser testigo de excepción en los recitales alcohólicos del Lágrima nunca me ha parecido algo tan difícil. Sólo hay que emborracharle sin prisas, invitando a las primeras rondas como si la tarde ya estuviera echada a perder. Mirarle beber, mirar a la gente pasar camino del lavabo, guardar silencio hasta que coge confianza y empieza a hablar, ni rastro de su habitual tartamudeo.

Desde el primer día fue así, todo salió sin proponérmelo. Hace ya mucho tiempo que los dos jugamos a este juego, y aunque desde que dejé de ver a Dante y a los chicos no piso mucho la calle y me cuesta encajar el alcohol, el loco del Lágrima todavía consigue de vez en cuando arrastrarme a nuevos o antiguos bares, la mayoría agujeros de mala muerte (están por todos lados, crecen y reaparecen en cada vieja esquina de este antiguo barrio).

Y cuando se despierta probablemente ya no estoy, he pasado a ser uno más entre las caras insinceras que había en los bares. Apenas una voz, un elogio, una risa distante. De nuevo en la plaza vacía, el sol de la mañana le busca la mirada y las tablas del banco le marcan los huesos. Viejo, despeinado, apestando, resacoso, pero como muy feliz por dentro.

[www.mansalva.net]

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Text presentat al Concurs Històries de Barcelona (concurs literari organitzat per Bdebarna i Transversal Web en el marc de l'Any del Llibre i la Lectura 2005)

Texto presentado al Concurso Historias de Barcelona (concurso literario organizado por Bdebarna y Transversal Web, dentro de los actos del Año del Libro y la Lectura 2005)

2 comentaris


Aquesta història és bastant bona.

És una llàstima que no hi tingui cap comentari, ni tant sols del mateix any 2005.

Deu ser a causa de la tendència humana d'anar 'sempre endavant', amb velocitat i sense 'mirar nunca atràs'...

 

On deu de ser ara en Lágrima?

lletraferit <joanmarrugat2@gmail.com> - 18/04/2009 09:05


Una Historia curiosa

maruxela - 18/04/2009 23:26
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