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Rubén Darío

LLOC: av. de la vall d'hebron amb pere virgili (Gràcia)
DATA: Divendres, 11 de novembre de 2011
AUTOR: col·laboradora

Rubén Darío va viure en una casa en aquest carrer. Es por comprovar perquè hi ha una placa conmemorativa que ho explica amb més detall. La vaig descobrir fa uns anys, mentre passejava pels voltants.

4 comentaris


A la xarxa es troba aquesta mena d'informació:

«El maig de 1914, en Rubén Darío es va instal·lar a Barcelona. Va lliurar a l'editor la seva darrera obra poètica important, 'Canto a la Argentina y otros poemas'. La salut d'en Darío era ja molt precària, patia al·lucinacions i era patològicament obsedit per la idea de la mort»

Aquesta casa que dius, al carrer de Ticià número 16, es veu que va ser el darrer habitatge del poeta a la nostra ciutat. La placa ho corrobora.

lletraferit <joanmarrugat2@gmail.com> - 19/11/2011 08:44


Segons recull el llibre “Sonata a la Rambla” (1961) de l'escriptor barcelonès Andrés-Avelino Artís 'Sempronio', en Rubén Darío va arribar a Barcelona el mes de maig de 1912 per fer-hi salut.

A les viquipèdies aquest episodi gairebé no hi surt.

Per això em plau de consignar-lo en aquesta bonica pàgina barcelonesa, perquè en Sempronio ens descriu -de primera mà i amb el batec del cor- les darreres jornades europees d'aquell diplomàtic, periodista i poeta nicaragüenc tant influent en les lletres castellanes.

Rubén Darío, indiferente a la primavera.
Vallcarca, en primavera, se aleja de la ciudad. Floridos doseles cubren los patios al par que se visten de verde las tapias de las empinadas callejas. El subur­bio recobra su origen agreste. Desde las laderas del ve­cino Tibidabo, los almendros en flor -estamos en 1912- le envían perfumados mensajes.
El barrio es un pueblo, casi una aldea. Con una exis­tencia tranquila, quebrada apenas por una vena de di­mes y diretes. El menor hecho se convierte en algo insó­lito, en acontecimiento que saca de quicio a las vecinas y arracima a los niños en medio de la calle. Por ejem­plo, este coche de punto que una tarde del mes de mayo sube la cuesta trayendo viajeros de Barcelona. El mal estado del piso hace penoso el ascenso, y el carruaje, a fuerza de bandazos, semeja barca navegando por un mar encrespado. Cuando los pasajeros notan detenerse el coche, es obligado el suspiro de alivio que les viene a los labios.-El 16 de la calle de Ticiano- les advierte el auriga.
Es necesario llamar a la puerta de la casita. El más joven de los dos viajeros no ha puesto aún el pie en tie­rra que, avisada por el ruido del carruaje, ha compare­cido Gregoria en el umbral de la villa, escoltada por un par de rapaces. Estaban ya esperándoles. Parlanchina y zalamera, iba la aragonesa a deshacerse en cumplidos, cuando el recién venido la atajó con resuelto ademán, queriéndole indicar que a partir de aquel instante se imponía la política de la discreción. Del interior del coche parte una llamada:
-¡Sedano!...
Tras la voz, la ventanilla enmarca un rostro chato, color de cobre, inexpresivo como una máscara. Es el nuevo señor. «Sobre todo -habíale recomendado a Gre­goria la dueña de la casa-, no te sorprendas de nada. Déjales hacer su vida, sin importunarles...»
Apoyado en el brazo de Sedano, su secretario, Rubén Darío se apea del coche. No tiene ni una mirada para la casa, ni para la sirvienta, ni para los peques. Anda como un autómata, encerrado en su mundo interior. Lleva dentro de sí reservas de belleza más que suficientes para permitirle volver la espalda a la primavera de Vallcarca. Un camastro cualquiera, y las ventanas entornadas para que las sensaciones externas no vengan a interrumpirle los sueños. Esto es todo cuanto pide el poeta a la villa de la calle de Ticiano.

lletraferit <joanmarrugat2@gmail.com> - 06/01/2012 09:25


Aquest darrer comentari té problemes de format. Per favor, esborreu-lo, i ja el tornaré a posar...

Gràcies noies. 

lletraferit <joanmarrugat2@gmail.com> - 06/01/2012 09:39


-¿Hay un colmado por aquí cerca? -pregunta Se­dano a Gregoria-. Vaya usted por un poco de anís, de ron, de coñac... ¡Pero nada de botellas! Tráigalo usted a cajas.

La buena mujer, criada en la austeridad de la pobre­za, no entiende el encargo. ¿Es que esa gente se propone despachar bebidas?, se pregunta.

En el colmado le lle­nan una garrafa de anís. ¡Nunca lo hubiera hecho! Por primera vez ve sulfurarse al señor.

-¿Qué porquería es esa? ¿De dónde ha sacado usted ese brebaje?

Los forasteros tienen paladar. Sólo les apetecen los licores de marca. Gregoria sube hasta el colmado Majó, de la calle de Craywinckel, donde a nombre de 'Ticiano 16', se inicia una opulenta cuenta que ¡ay!, jamás se verá cancelada.

En la casa ingresa dinero, pero no dura más allá de unos días. La administración es algo totalmente extraño a los inquilinos. Un mundo extravagante, compuesto de señores, de bohemios y de truhanes frecuentan la villa, comiendo y bebiendo sin tasa ni medida. Al día siguien­te de las francachelas, Gregoria debe sacar sus modes­tos ahorros para ir a la compra, abriendo un crédito a sus señores.

Cierta vez, la deuda llega a las quinientas pesetas. A la prestadora, que se lamenta, intenta aman­sarla el secretario:

-Tenga un poco de paciencia. Hasta que venga la señora y ponga un poco de orden...

Los libros han entrado en la casa a baúles. Pero Ru­bén no los ojea ni por casualidad. Se pasa el día ence­rrado en su habitación, por cuya puerta entreabierta le observa Gregoria tendido en la cama, con el cigarro entre los labios y una botella en la mano. El día que se levanta, la habitación queda hecha una pocilga, con el suelo cubierto de ceniza, de salivazos y de licores de­rramados. Entonces Rubén se viste con unos pijamas fastuosos, bordados en oro sobre fondo verde, o bien listados de negro y rojo. Así sale al exterior, pisando con el pie des­nudo la arena del jardín. Solitario, declama al cielo con voz tonante verso tras verso, o prorrumpe en guturales gritos...

El barrio está alborotado. La cisterna de un huerto limítrofe jamás se ha visto tan concurrida de vecinas que, espoleadas por la curiosidad, aplastan la cara contra la reja del jardín del poeta. Pero éste, indi­ferente a todos, sigue como si tal cosa librado a las orgías verbales.

Gregoria habita con los suyos un pabellón al otro extremo del jardincillo. El señor le hace el efecto del diablo, y no le faltan motivos, pues más de una vez, dis­traída en la tarea, ha sentido tras ella la jadeante res­piración de Darío, casi en su cuerpo el contacto de una gruesa mano. El poeta, entre dos luces de la razón, sue­ña en princesas, si bien intenta realizar sus sueños a ras de fogones.

La llegada de la señora proporciona otro motivo de asombro a los vecinos. En vez del tipo llamativo que hacía presagiar la rareza del marido, se encuentran con una mujer humilde, apagada y triste. La turbulenta exis­tencia amorosa de Rubén ha venido a remansar en una ternura casi maternal.

Canta a Francisca Sánchez, la exdoméstica madrileña elevada a esposa, con estos versos lúcidos:

«Sabes amar y sentir y admirar como rezar... y la ciencia del vivir y la virtud de esperar»

La «señora Quica» -como ella quiere ser llamada- trae consigo a un niño de corta edad, hijo suyo y del poeta. Los únicos reflejos de cariño que Gregoria descu­brirá en la cara de éste, serán motivados por la presen­cia del pequeño. Ha llegado también una hermana de Francisca, algo más joven que ella. Los cuidadores de la casa simpatizan con los recién venidos. Adivinan la pena profunda y oculta, si bien, ciegos al resplandor del genio, no comprenden su amor conyugal, tan duramente puesto a prueba.

Cierta tarde en que el poeta ha bajado a la ciudad, Gregoria ve a la señora Quica llorando. Pero Francisca Sánchez no ad­mite consuelos. Quiere cifrar su padecer en las solas cuitas materiales. -Todo se andará, Gregoria... -acaba diciendo. Y al cabo de un rato, la sirvienta parte con unas al­hajas hacia la casa de empeños. Se aprende las señas, para otras muchas veces. Libros, prendas de vestir, toda suerte de objetos, irán tomando también poco a poco el camino del chamarilero.

«El señor ha venido aquí a ponerse bueno», manifestó en una ocasión la señora Quica al servicio. Pero Vallcarca, que para cualquier otro quizá sería un sedante, poco o nada puede influir en la naturaleza del enfermo voluntariamente confinado en sus insanas habitudes, im­permeable a las gracias dimanantes del campo, del aire... Al contrario, Rubén empeora de día en día en su ex­traña dolencia. Con síntomas que llenan de pavor a la fa­milia de Gregoria.

Un día, le ven meterse en la cocina e hincar el diente en el carbón vegetal. Otra vez, romper un botijo extremeño, intentando luego engullir sus restos... La cuñada procura mitigar la sensación que tales rarezas provocan.

-Tiene un estómago de hierro -dice-.

En Valldemosa, una vez, a falta de licor, se tomó dos litros de quina. Hasta que sube de nuevo un coche de caballos y carga con la extraña familia y su heterogéneo equipaje. La cura ha fracasado totalmente. Al poeta inquieto y errante, se alucinan ahora los paisajes calientes de su América natal. Cree que allí conocerá, al fin, la paz que su cuerpo y espíritu anhelan.

El coche empieza el prudente des­censo de la calle de Ticiano. Darío se marcha tal cual vino: sumido en su abismo interior, sin una sola mirada para la primavera de Vallcarca, que, al cabo de un año, ha vuelto a estallar...

lletraferit <joanmarrugat2@gmail.com> - 11/01/2012 21:39
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