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Las diferencias entre mirar y ver

LLOC: Plaza del diamante, Travesera de Gracia, Gal.la Placidia (Gràcia)
DATA: Dijous, 4 de març de 2004
AUTOR: Anònim

Ayer por la noche dormimos con la luz encendida. Apagué la lámpara fea de dos bombillas que cuelga del techo de la habitación, pero dejé enchufado el flexo de color granate que tengo en la mesilla y suelo usar para leer tumbado. Lo coloqué sobre las baldosas sin barrer. Así iluminaría sin molestar tanto y no nos vendría la idea calurosa de estar tumbados en la playas estrechas de Sitges a pleno mediodía.
Además S. me pidió cambiar el sitio y se acostó en el lado de afuera de la cama, el que no toca con la pared cian. Durmió arrebujada, como si volviera a estar dentro de su madre y agarrándose a mi brazo. Creo que lo sentía como un extraño cordón umbilical con el mundo.

Antes había empezado a reírse. Cuando estabamos en la plaza del sol. Decía que le hacían cosquillas en los brazos y se los miraba tronchándose. Después, paulatinamente, esas risas frenéticas fueron mixturándose con llantos, hasta que ya no hubo más risas. Deambulábamos por las calles de pueblo de Gracia, de una plaza a otra, atraídos por el ruido que más cerca se convertía en música. A veces acabábamos entre muchachos exaltados por unos encapuchados quemando banderas desde el escenario. La plaza del diamante y sus independentistas saltando al ritmo del ska. Otras, viendo como ancianos cogidos de la mano bailaban bailes de niños.

Recorríamos el laberinto de carrers de Gracia en fiestas, algunos adornados, muchos oscuros y S. se iba sintiendo extraña. A menudo se paraba a mirarnos y después meneaba la cabeza y seguía adelante. Le costaba hablar. Trataba de entender lo que le estaba ocurriendo. Decía que se olvidaba del pasado, que no sabía donde estaba. Aquella maraña de calles desconocidas, llenas de gente como hormigas nerviosas por la proximidad de una tormenta , aumentaba su extravío y desamparo. Poco a poco fue encontrando palabras para sus sensaciones y se dio cuenta de que nos veía como si estuviera fuera, que podía hablar con nosotros pero estaba en otra parte. Era como si, como si, ( no se atrevía a continuar la frase), era como si fuéramos fantasmas. Y aquel descubrimiento lo dijo con pavor, mirándonos y reconociéndonos (espectros) aterrada.

Decidí que era mejor separarnos del resto y empezamos a movernos sin rumbo, con el único objetivo de que fuera pasando la noche y se fuera tranquilizando. Yo le hablaba con decisión, con calma, y ella se sentía a ratos mejor y a ratos escalofriada y se le secaba la lengua y de pronto decía ?necesito agua? y luego solo ?agua?, ?agua?, muy débil, con la lengua como enemiga y echaba a correr tirándome de la mano, buscando la fuente de tres caños que hay en la Travesera de Gracia. El agua la serenaba un poco al principio. Se le iluminaba la cara preciosa porque creía que ya estaba mejor, pero al segundo volvía a sentir frío y a tener miedo de los desconocidos que caminaban por la calle, volviendo a casa cansados y borrachos de las fiestas o puede que alucinando como ella. Porque a lo mejor esos desconocidos saben también del rasta descamisado de la plaza del diamante. El rasta serio, con la mesa de camping y encima solo la fiambrera grande llena de galletas y un cartón delante.

Space Cookies. Lo pone en el cartón y cuestan doscientas pesetas cada una.
Después de la fuente de los tres caños nos hemos sentado un rato en Gala Placidia, al lado del redil de estacas de madera para que jueguen los niños y de otro manantial de hierro. He asumido mi sitio de chamán. He puesto mi mano en su espalda y he ido regulando sus visitas a la fuente, como si estuviera en posesión de una lógica secreta, de un reglamento mágico. (reglamento para viajeros, que pone en los vagones del metro). Ella examina a cada instante los estados por los que pasa su cuerpo, musita que no quiere morir, sigue en su vaivén de sensaciones. Y el tiempo quieto.

Balbucea y se acuerda de que por la mañana ha estado leyendo a Castaneda en el tren cuando volvía de Girona. Las palabras de don Juan instruyendo al incrédulo Castaneda las diferencias entre el mirar y el ver. Empezamos a comprender de donde le vienen las alucinaciones.

Han pasado unas cuatro horas. Atrás quedan la primeras risas al ver al punki meando, totalmente de frente a nosotros, sin taparse tras de nada, como un angelito de fuente de jardín de Versalles. No era obsceno, ni repulsivo era puramente onírico e hilarante, sobre todo porque entre tanta gente no lo hemos visto de lejos, nos lo hemos topado de repente, a dos pasos. Ha sido casi una hora después de comer las galletas, cuando ya empezábamos a pensar que quizás no pasaría nada.

Cuatro horas después empieza a curarse pero es muy lento. Estoy muy cansado, se me abre la boca. Decidimos volver a casa, quizás en un espacio familiar se encuentre mejor.
Nos tumbamos en la cama. Parece más calmada. Me pide dejar la luz encendida y vuelvo a dormir como hace muchos años, con la alcoba tenuemente iluminada, lo justo para dejar afuera a los fantasmas. Como cuando mi hermano y yo compartíamos habitación de pequeños y a él le asaltaban las temblorosas pesadillas.

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