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Iniciación a la invidencia

LLOC: Valencia amb Enric Granados (Eixample)
DATA: Dimecres, 30 de novembre de 2005
AUTOR: Vanessa

Hay que decir que era verano, eso lo cambia todo, aunque quizá sólo lo explique mejor. Era uno de esos días en los que uno olvida que es extranjero, un día en que todo parece familiar, cuando al apátrida se le disuelven las aristas. Pero uno puede ser extranjero incluso en su propia ciudad, así que no se trataba de eso, sino más bien de una especie de amnesia líquida, de no reconocer los espacios que creías conocer perfectamente, casi como cuando no puedes reconocerte frente al espejo, una mañana resacosa, legañosa, engañosa.
Yo estaba segura de estar caminando por Enrique Granados con dirección al mar. Hacía mucho calor, hubiera preferido no salir de casa. En realidad, si lo pienso bien, no sé con qué intención decidí salir. Supongo que estando dentro, intentando exprimir tinta en lugar de sudor - pues creo que era eso lo que estaba haciendo, escribiendo - huí de la posibilidad de derretirme con todo lo demás. Sí, finalmente me queda más la sensación de haber huido que otra cosa y además, así puedo encajar mejor los retazos de esta historia. Digamos que huí del soponcio del gato, de la falta de aire, del ordenador, de un espacio al que se le fundían las esquinas. Salí huyendo de eso, pero sobre todo de mí, pues lo que menos debí haber soportado fue mi presencia magnificada por el calor, expandida, prolongándose por todo el lugar. Salí así, sin pensarlo mucho, como sale uno cuando huye.
Caminé con dirección al mar, a la belleza del Mediterráneo. ¡Ah! Evidentemente, me dije, hacia dónde más podría dirigirme con esta densidad de brea caliente. Y así es como suceden las cosas o quizá no. Un día estás andando por una calle que creías conocer perfectamente, levantas la vista al cielo y el sol brillando inquisidor, te clava los rayos en las sienes. Vuelves la vista a la misma calle y la calle ya no está. Lo primero que me pregunté y no supe contestar, fue si había mirado el semáforo antes de cruzar la calle. No recordaba ni siquiera esta acción, no recordaba haber cruzado la calle, es decir, sabía que la había cruzado, había cruzado Valencia, eso estaba claro, pero ¿cómo, cuándo? Y si retrocedía un poco más en el transcurrir del día, no recordaba haberme levantado de la cama ni haberme duchado. Por más que me esforzara, no lo recordaba, pero estaba segura de que lo había hecho.
No había nada más en la esquina donde yo estaba, sólo el peso del sol en mi trapecio. Quizá tendría que decir que no podía saber si había alguien o no, pues lo único que a mí me parecía era estar envuelta en luz de magnesio.
Al cabo de unos minutos se comenzaron a dibujar formas delante de mí, colores menos pálidos y movimientos más definidos. Se levantaron suavemente las fachadas modernistas del Eixample, el mini París en el que me gusta creer que habito. Las copas de los árboles que delinean Enrique Granados se estructuraron e incluso creo que me recorrió una lejana brisa marina. Una señora me cogió del brazo y me preguntó si estaba bien. Sonreí.


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Text guanyador del Concurs Històries de Barcelona (concurs literari organitzat per Bdebarna i Transversal Web en el marc de l'Any del Llibre i la Lectura 2005)

Texto ganador del Concurso Historias de Barcelona (concurso literario organizado por Bdebarna y Transversal Web, dentro de los actos del Año del Libro y la Lectura 2005)

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